Antes que comenzara ese arranque de genialidad que es el Transantiago, yo salía de mi casa y tomaba un bus pequeño celeste que iba desde el Parque Arauco hasta la estación del Metro Escuela Militar. Como el recorrido era corto, y los que nos subíamos a la misma hora eramos mas o menos los mismos, era habitual que uno saludara a sus compañeros de viaje y a los choferes, con quienes terminamos siendo viejos conocidos.
Si por casualidad uno debía ir a otro rincón de Santiago, era cosa de irse a las grandes avenidas, pararse en una esquina y esperar aquel tarro amarillo que nos llevara a nuestro lugar de destino
Un día los buses cambiaron de colores y los choferes nos contaron que venía algo muy malo. Los inocentes pensamos que estaban siendo prejuiciados y que no captaban las ventajas del cambio, pero de a poco empezaron a desaparecer nuestros choferes amigos.
Cuando se empezaron a conocer los primeros antecedentes del Transantiago, nos enteramos que este recorrido - al que ya estabamos acostumbrados - se extendería hasta Estoril. Conociendo los tacos que se producen en la Escuela Militar y en el Parque Arauco, pensamos por un rato cortito que tal vez pudiese haber problemas de frecuencia. Pero luego nos contaron de los profundos estudios efectuados y toda la tecnología de control de flota con que se contaría. Ademas que los nuevos buses venian hasta con televisores
Y partió Transantiago...
La primera novedad fue que el bus que tomabamos en una esquina ahora se tomaba en otra. De mas está decir que los letreros indicativos de este cambio brillaban por su ausencia.
La segunda fue que tomar el bus hacia la Escuela Militar en la mañana se hizo imposible: por un lado, el tema de la demora entre maquina y maquina se hizo realidad y por otro, lo que antes era el comienzo del recorrido (el Parque Arauco) ahora era casi el final, por lo que a esas alturas el bus venía totalmente lleno.
Tal vez sea la única virtud del Transantiago: ahora camino todos los dias hasta el Metro.
Al regreso , si la cola esta muy larga, seguimos caminando...
Las batallas en el Metro las fuimos asimilando de a poco y nos fuimos acostumbrando a sus nuevas condiciones de hacinamiento. Al menos uno sabia donde debía tomarlo y donde bajarse....
Durante estos meses que lleva el Transantiago no me había atrevido a salirme de la ruta habitual y explorar alternativas y nuevos destinos. Pero como dice el amigo Murphy cuando algo malo tiene que ocurrir, inevitablemente ocurrirá. Y entonces ocurrió que tuve que ir a hacer un trámite en la dirección contraria a la que cada día tomo para ir al trabajo.
Con la ayuda de mis hijos, intenté averiguar como podia llegar a mi destino. Un poquito de Internet y el famoso plano del Transantiago fueron nuestros guías y al cabo de algunos profundos estudios determiné mi ruta.
Primero caminé las mismas cuadras que hago todos los dias al Metro, pero esta vez en dirección contraria para salir a Apoquindo algo mas arriba. Se suponía que en algun lugar parecido a la esquina en que me encontraba había un paradero. Con la ayuda del jardinero que regaba por ahi cerca y caminando cuadra y media hacia el centro me encontré con un poste que indicaba como unos seis números de recorrido. Nada indicaba para donde iban esos recorridos.
Para mi buena suerte, en el paradero había una señora de aspecto humilde pero que me tincó baqueana en estos trotes
- Facilito, es cosa que le mire el letrero a la micro- me respondió con buena voluntad
En contra de mis expectactivas venía un montón de micros, asi que aguzando mi vista de halcón me dispuse a seguir los consejos de la señora
La primera, decia "Apoquindo". Pero ya estabamos en Apoquindo. ¿Seguirá por Apoquindo hasta Camino del Alba?, ¿Tomaría Las Condes frente al Estadio Italiano?. Como yo no me decidí , el tipo no hizo ni amago de parar y menos de abrir la puerta.
La segunda micro decia "Las Condes". Nuevamente me bajó la crisis ¿Venía desde Maipu a la comuna de Las Condes? ¿O seguía por Las Condes? ¿Hasta El Arrayán? ¿Se desviaría a La Dehesa?. Como seguía cual Hamlet, el micro no tuvo ni la intención de detenerse.
En la tercera, la señora se movió muy decidida hacia la acera. Entonces también muy decidido pregunté
- Esta va para Los Dominicos?
- Si , señor.
Prestamente me puse tras la señora y me subi a estos elegantes buses que parecen trenes. Todo bien, el bus se movió a buena velocidad, el asiento era cómodo y en un arranque de viveza me bajé exactamente donde debía bajarme.
Hice sin problemas mis trámites y ahora debía regresar al Centro.
Recordé que el bus que me había traído venía desde Maipu. Entonces , ¡cero problema!
La primera complicación fue nuevamente donde diablos tomaba el bus. Otra vez me salve gracias a informantes anónimos. Esta vez fue el suplementero. Tras caminar casi dos cuadras hacia donde me indicaron, nuevamente me encontré con el poste lleno de números.
Como había bastante gente en el paradero consideré que la posibilidad de equivocarme era baja. De mas está decir que no había cola.
De pronto apareció lo que llamaremos, solo para efectos narrativos, una micro. Debía ser la mas enchulada de todo el parque de vehículos de Santiago. Hasta pintada de Transantiago se veía ordinaria.
El energúmeno que la manejaba (no le daré la satisfacción de llamarlo conductor), paró un cuarto de cuadra mas allá de donde estabamos los sufridos usuarios. Como tengo las piernas largas, ello me dió la ventaja de ser de los primeros en subir.
Debí pasar 3 veces la tarjeta BIP por el lector, ya que este no agarraba. Finalmente lo hizo y entonces tuve la perspectiva interior de esta extraña nave: los asientos eran un desastre, pero lo peor era el ruido del motor que daba la sensación que reventaría en cualquier instante.
La bestia - nombre cariñoso con el que me seguiré refiriendo a nuestro conductor- apretó el acelerador y con un ruido estruendoso nos pusimos en camino. Cuando dos o tres cuadras mas allá debió parar, el ruido de los frenos fue aún peor.
La bestia era de los que quedaron con el trauma de no ser pilotos de Formula Uno, por lo que una vez que tomó pasajeros en la segunda detención salió tan rápido como se lo permitía la cafetera. El resultado fue que casi nos estrellamos con un auto, cuyo gran error fue detenerse en un semáforo que al parecer no estaba en los planes de la bestia.
A esas alturas comence a evaluar seriamente si no era mejor bajarme en Escuela Militar y seguía al Centro en nuestro fiel y querido Metro. Al menos las probabilidades de llegar vivo mejorarían.
Las barbaridades de la bestia en las siguientes cuadras lo confirmaron. Además a esas alturas ya me había unido con entusiasmo al coro que gritaba improperios a la bestia.
Llegamos a Escuela Militar y con gran alivio me baje, tras tocar infructuosamente el timbre 3 veces y pedir a voz en cuello que la bestia abriera la puerta. El Metro me recibió con un letrero que resultó casi una tomadura de pelo tras mi odisea: elija los buses clones.
Entiendo que Cortázar tenga que vender tranquilidad y diga que estamos mejor. Entiendo que en su angustia cualquier micro sea micro. Pero tres paseítos iguales e Ivan Moreira me va parecer el mejor candidato.
1 comentario:
Lucho tu comentario se justifica porque está fechado 10.04.07 o sea abril..jajajaja.
Ahora en serio, mis respetos y hazlo circular porque está muy bueno.
mandaselo a cortazar a lo mejor renuncia antes.....
saludos.
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